Camino de Amor



Todo se lo debemos a Dios


"Con sólo dos palabras, un "sí" al amanecer y un "gracias" a la caída de la tarde, se puede hacer la más breve y perfecta oración. (Bien venido, amor, 579)

A lo mejor no entendemos esto. Es decir, una cosa es que nuestra fe sostenga lo que sostiene y otra, a veces muy distinta, lo que nosotros acabamos creyendo con respecto a la misma. Y es que es bien cierto eso que se dice acerca de "predicar y dar trigo".

Lo simple, al respecto de la fe, suele ser lo mejor. Con esto no queremos decir que los pensamientos profundos no tengan virtualidad o que no sirvan para nada. Al contrario ha de ser la verdad porque, de otra forma, no acabaríamos de entender nunca los principios de nuestra fe y las raíces profundas de la misma.

Ha de bastar, pues, con lo poco si tal poco sale de nuestro corazón y lo hace con una franqueza tal que no pueda decirse que estamos haciendo lo contrario de lo que defendemos. Y es que lo simple, si de fe, suele ser lo mejor en cuanto a expresión de nuestra creencia.

El caso es que la vida que nos dona Dios con nuestra creación la podemos llevar de muchas maneras. Una de ella ha de ser la que tiene que ver con el Creador y con su voluntad. Si María afirmó la misma con aquel "hágase" lo bien cierto es que cada uno de sus hijos espirituales ("Ahí tienes a tu Madre" dijo Jesús a Juan poco antes de morir en la Cruz) podemos y debemos hacer lo mismo al respecto de lo que en el fondo es nuestra filiación divina: somos hijos de Dios y, por tanto, como diría san Juan en su Primera Epístola, "¡Lo somos!

Decimos, por tanto, "sí" cuando afirmamos nuestra fe y atacamos las tentaciones con la seguridad de quien sabe que Dios está a su lado; "sí" cuando manifestamos cercanía al Padre al amar al prójimo; "sí cuando no anteponemos nada al Creador sino que lo tenemos como Quien es sin menoscabo alguno a su divinidad. Y así caminamos hacia el definitivo Reino de Dios con esperanza.

Pero hay algo más que debemos poner en práctica y que, muchas veces, olvidamos. Tiene relación con la adecuada respuesta que merece Dios para nosotros.

Concurre, aquí, como tantas otras veces, un dicho popular que reza que "de bien nacidos es ser agradecidos". Y nacidos, lo que se dice nacidos, lo somos por voluntad de Dios. Luego…

Agradecer, dar gracias, a Quien todo lo hace y mantiene no debería ser nada del otro mundo o, por decirlo pronto, no debería estar alejado de nuestro diario hacer y mantener.

Dar gracias a Dios es, en esencia, ser justos con nuestra naturaleza procedente del Todopoderoso (¡Alabado sea por siempre!) que no adorna. Y no es hacer nada extraordinario sino, al contrario, lo normal, lo que siempre debería estar en nuestro corazón y salir del mismo con un destino bien definido que tiene su sede en el Cielo.

Así oramos, de una forma tan sencilla como decir "si" y decir "gracias" que son palabras que, por desgracia, no siempre salen de nuestra boca y, menos aún, de nuestro corazón.

Al fin y cabo Dios, que todo lo puede, ha de ablandar su ya misericordioso corazón cuando ve que sus hijos manifiestan que saben serlo.

Fuente: http://infocatolica.com/blog/meradefensa.php/1503101216-un-amigo-de-lolo-todo-se-lo-d